Paseo fenomenológico


Permitidme que os regale un pequeño cuento que escribí en uno de los momentos más difíciles de mi vida, en el que todo se me echó encima: crisis de identidad, de sexualidad, incertidumbre de futuro... En fin, estaba descontento con mi vida, pero más conmigo mismo por no tener el valor suficiente para cambiarla. Creo que cuando lo redacté (no hace tanto, unos cuatro años), lo hice al borde del llanto; hoy lo leo y sonrío porque ahora sé que todos tenemos las riendas de nuestra vida, sólo necesitamos un pequeño empujoncito para sacudirlas. Al día siguiente de escribir el texto comencé a ser el protagonista de mi propia vida y empecé a realizar cambios, unos acertados y otros erróneos, pero que contribuyeron a hacer mi vida "más mía". Cambios que aún hoy sigo haciendo...

Imagino que me levanto del sillón para dejar de hacer nada y, por lo tanto, empezar a hacer algo (algo y nada, opuestos pero ambiguos, redundancia ambigua). Me dirijo hacia mi dormitorio, habitación, estudio o santuario, todo es lo mismo, una habitación al fin y al cabo impregnada de mi olor y que me saluda con éste. Es posible, si lo pienso, que éste sea el momento más cálido que he tenido durante todo el día, lo cual no me entristece lo más mínimo, porque mis sentidos se han especializado en otras sensaciones menos autocompasivas.

Cojo las llaves de mi piso, que no es mío, al igual que tampoco lo son las llaves. Su tacto frío me desagrada un momento, hasta que la piel de mis manos las domestica y logran transmitirle calor, justo antes de caer en el bolsillo derecho de mi pantalón, que para ellas será como un abismo negro... ¿pero, a quién le importa lo que puedan sentir unas llaves? ¿Sienten algo? Y si es así, ¿no estamos ya bastante concentrados en nuestros propios sentimientos como para mirar más allá de nuestra envoltura de carne? Qué más da...

Salgo a paso rápido del piso-que-no-es-mi-piso, quizá demasiado aprisa. Cualquiera que me viese pensaría que huyo de algo o alguien. No se si es así, afortunadamente nadie me lo pregunta, si es que me he cruzado con alguien, y si a ese alguien no le resulto tan indiferente como él a mí. Otra vez la dicotomía absurda alguien/nadie, vaya aburrimiento.

El ascensor me recibe con un zumbido. Debería haber usado las escaleras, me digo, aunque la oscuridad que habita que ellas las hacen inhabitables para la gente como yo. Que cómo soy, pues si pudiese definirlo brevemente quizás no estaría aquí escribiendo... El luminoso nicho móvil me regurgita en un recibidor que creo más oportuno calificar de “hall”, ya que el edificio intenta parecer lujoso, aunque pretenda recuperar algo de una antigua y decadente elegancia perdida hace mucho. En el “hall”, el portero, figura que representa el equilibrio perfecto entre lo vivo y lo muerto, entre lo animado y lo inmóvil, entre las macetas de plástico y la grulla dibujada, hace como el que me saluda, esforzándose o quizás no, en parecer apático. Yo me recupero y esbozo una sonrisa encantadora, y por ello falsa, de aquellas que me enseñaron que debían acompañar al saludo que se hace a una persona mayor que uno. Ser agradable es fácil; parecerlo es más, y simular normalidad es otra absurdez como las de antes.

Salgo a la calle. Mejor dicho, la calle entra en mí con sus ruidos, olores, luces y su temperatura (que nunca es la adecuada, ya lo sé, pero ni que la calle existiese para hacer nuestras vidas más cómodas y felices). Empiezo a caminar, con paso decidido, aunque no sé a dónde voy. Lo achaco a que no sé andar despacio, ya que la vida nos enseña a apurar el tiempo “perdido” en aquellas tareas que no son tareas, como es dirigirse al lugar donde debes hacer algo.
Intento saber qué hora puede ser mirando al cielo. La bóveda celeste sólo es de ese color en su nombre en un día nublado como hoy. Debería haber un sustantivo que definiese la situación o el acto de ser gris... si existe no lo conozco, igual tendría que subir a mi piso-ajeno y leer un poco más. La “grisedad” (como finalmente me decido a llamarla) me devuelve una luz difusa y tenue, una luz que no hace más que confirmar la atmósfera de irrealidad que envuelve todo (vaya redundancia, ni que hubiese atmósferas selectivas que hicieran el vacío literal a aquello que no fuera de su gusto). Desisto de saber en qué momento del día me encuentro, incluso me enfado conmigo mismo por tal impertinencia.

Me paro en un paso de peatones a esperar a que el personaje encerrado en su cubículo muestre su color verde de presunta libertad repetitiva. Me asusto al ver mi propia imagen reflejada en los cristales laterales de un coche que pasa a gran velocidad a un metro escaso de mí. Por un momento me he sentido infinitamente temporal, episódico, fugaz o puede que haya percibido en el exterior físico lo que ya sospechaba en mi interior... Me sacudo con un movimiento brusco de cabeza de esas ideas que me alejan de la sensatez/normalidad, que puedo ver incluso en la gente que viene hacia mí desde el otro lado de la calle. Un poco más y se me cae la máscara... qué descuido (y qué alivio habría sido, por otra parte).

Vaya, ahora que he empezado a mirar a la gente, ya no puedo dejar de hacerlo. Realmente, siempre me ha gustado ir por la calle mirando al resto de peatones a sus anónimas caras y hoy no voy a prescindir de tan persistente costumbre (¿hay costumbres que no sean persistentes? Otro juego redundante de palabras que no lleva a nada). Me gustaría recomendar a la gente que conozco que pruebe a caminar observando rostros desconocidos. Es curioso ver cómo absolutamente nadie te mira. Es una desazón tal la que se siente, que comienzas a pensar que no estás allí. De hecho, la gente siempre a tendido a no esquivarme por la calle, siempre soy yo el que tiene que echarse a un lado. Imagino que habrá distintos grados de corporalidad y que aún estoy en uno de los más tenues (principiante en todo, vaya desesperación).

Pero ocurre algo, y de repente noto que alguien me mira. Me ha mirado efímeramente mientras yo hacía y deshacía esos pensamientos intrascendentes y, por qué no decirlo, egocéntricos como todo este relato. Si saberlo, ése desconocido o desconocida, da lo mismo (aunque en el fondo sé que no da lo mismo, pero reconocer que deseo que acabe en "o" sería demasiado para mí en este momento), me ha devuelto a la realidad, a la que creo que debo pertenecer. Algo debe de haber cambiado en mí, porque al cabo de un rato (segundos, minutos o puede que eones) he visto unos ojos que me miraban de lejos. Yo aguanto la mirada, hasta el punto en el que siento que lo que estoy haciendo es obsceno. Ese otro ser, reducido sólo a globos oculares ha mantenido su escrutinio ojo-a-ojo sólo un instante más que yo. Alarmado, me doy la vuelta cuando me sobrepasa, con la esperanza de que haga lo mismo, de que haya algo más que casualidades, que existan las conexiones psicológicas o místicas... y el viandante no se digna a girarse. Me siento aliviado, no sabría qué habría hecho si hubiese sido al contrario. No estoy preparado para tanta realidad seguida, sin anestesia... mejor será que deje de comportarme de una manera tan “poco apropiada” y más si después resulto ser un cobarde.

Me doy cuenta de que no sé dónde estoy físicamente, lo que se viene a juntar con la extrañeza mental que ya me viene invadiendo desde hace más tiempo del que me gustaría admitir. Lo extraño es que no me invade la intranquilidad, como en tantas otras ocasiones en las que me pierdo. ¿Confío en re-encontrarme? Imposible, llevo demostrándome toda la vida que no confío en mí, sería algo descabellado algo tan súbito y sin libros de autoayuda de por medio...

Vuelvo en mí. Posiblemente esto lo haya estado imaginando desde hace un buen rato. Me veo donde estaba, en mi sillón, remoloneando ante la perspectiva de tener que enfrentarme a obligaciones y responsabilidades que me he buscado yo solito, pero sin las que la vida carecería de sentido o éste se haría tan desesperantemente evidente que no podría soportarlo. El tedio te hace pensar, para bien o para mal, al fin y al cabo. Miro por la ventana sucia de realidad e imagino un dormitorio-refugio, unas llaves-escudo, un compañero de piso-no-mío que también sea compañero de no-trivialidad, un ascensor humano, unas escaleras acogedoras, un portero con síntomas de humanidad, muñecos verdes que echan a correr de los semáforos-cárcel, gente que mira como quien mira el aire y gente que escruta con indiferencia... y confío estúpidamente en que la próxima vez algo tenga sentido.

4 comentarios:

Marcos Dreamer dijo...

Me he sentido reflejado en algunas cosas del relato, sobre todo cuando se te genera esa duda continua de qué es lo que realmente te gusta y tu cabeza que intenta negar lo que es obvio para tu corazón.
Fantástica historia! :)

Peace-for-ever dijo...

Se nota que no estabas en tu mejor momento, las palabras que se me ocurren para clasificarlo son aislamiento, soledad, apatía y desorientación.

Me gusta como escribes.

Un abrazo.

Ocnebius dijo...

Muchas gracias por vuestros comentarios, son un gran apoyo y aliciente para seguir escribiendo y compartiendo cosas con vosotr@s.

Ciertamente, no fue una etapa demasiado buena, pero supuso la crisis que necesitaba para decidirme a hacer algo. Me alegro de que os haya gustado!

Un abrazo!

Flecha Azul dijo...

Buen relato :)

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