Perdiendo el Norte...


Aprovechando que estos días son días de tiempos revueltos, he decidido plasmar aquí una reflexión personal sobre un tema controvertido: El Orgullo Gay.

Después de que Gallardón haya decidido hacer caso a las asociaciones vecinales de Chueca promoviendo que las actuaciones sean "silenciosas", por la polémica de las residencias de ancianos y demás, y de que se haya realizado una cacerolada y hasta una visita a la propia puerta de la casa del alcalde de Madrid como forma de protesta ante la impopular medida inicial de prohibirlas, me pregunto si realmente está bien enfocado este descontento del colectivo LGTB. Para mí... hemos perdido el norte.

Entiendo perfectamente el cabreo que los amantes de uno de los barrios más emblemáticos de la Capital tienen por la prohibición, ya que me parece una doble moral absurda por parte de la Alcaldía decir que las celebraciones del Orgullo hacen demasiado ruido... ¿Y las de la verbena de la Paloma o San Isidro? Una ha vivido pegadita a Cascorro y sabe lo que es la pachanga hasta las tantas de la madrugada. Sin embargo, como persona y ciudadana alegre no veo malo que en veranito se festejen cosas. Así se pasan mejor las penas y las crisis económicas, sobre todo porque se mueve dinero... y mucho. ¿Y no es eso lo que los bancos y los gobernantes quieren? Pero no, es que esas fiestecillas son de los que juntan a peras con manzanas, con kiwis y con lo que sea, convirtiendo Madrid durante unos días en una macedonia. A muchos les da miedo.

Lo que no veo normal es la desproporción de la protesta. Desde Stonewall hasta la actualidad ha llovido mucho, por lo que no podemos negar que ahora gozamos de una libertad y unos derechos impensables en los '60 e incluso en los '90 (que tampoco hay que irse tan lejos). La lucha por la igualdad y la erradicación de la homofobia es una lucha que sigue en pie, pero que ha ido transformándose según el paso de los años, los cambios sociales y políticos. Cada época marca los tiempos y las acciones, y si en los '70 uno se rebelaba como podía, incluyendo las manos, contra la Ley de Vagos y Maleantes que los grises aplicaban a base de jarabe de palo, hoy tenemos las manifestaciones como forma masiva y pacífica de pedir una mejora a nuestros gobernantes. Pero no, nosotros hacemos caceroladas porque no podremos ver a Alaska en concierto ni ponernos como las Grecas, chillando como descosid@s, en medio de la calle Pelayo.

Estamos en la segunda década del siglo XXI. Y ahora el único día que tenemos para demostrar normalidad ante la sociedad lo utilizamos en jalear a un grupo de personas semidesnudas y puestas de todo que se pasea en carroza abanderando una lucha que no es lucha, sino una exhibición pública fuera de todo y que no defiende absolutamente nada. Vamos, que la marcha del Orgullo Gay es a la lucha por la igualdad lo que la romería del Rocío a la verdadera fe cristiana. Tan sólo quedan un grupo reducido de asociaciones y personas que actúan a título propio que siguen intentando mostrar la realidad durante la marcha que se convoca. Y la normalidad empieza por desterrar el uso comercial que ha quedado para el Orgullo y al hecho de ser gay.

Desde luego, si el señor Arturo Fernández no es representativo de los hombres heterosexuales, tampoco lo es para el colectivo LGTB las personas como Jesús Vázquez o Malena Gracia. Yo, como individuo, me represento a mí misma a través de mis palabras pero, sobre todo, por mis hechos. Y mi vida es como la de cualquier ser humano: trabajo ocho horas diarias (tengo esa suerte), cotizo a la Seguridad Social, pago mis impuestos, tengo una pareja, no voy con boa de plumas por la calle, no cobro un sueldo con el que me pueda permitir un crucero exclusivamente para gays y lesbianas (eso sí que es fomentar el gueto) y tampoco voy morreándome con todo cristo para reafirmarme como lesbiana. Ser uno mismo, fuera de frivolidades y fiestas que han perdido su razón de ser, es demostrar lo real.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Te felicito por como escribes, en general llevas mucha razón. Está claro que una cacerolada no es diplomática, pero también lo está que la prohibición tiene más motivo homófobo que cívico. Y el odio no atiende a razones. Dudo que los conciertos silenciosos, que aún así me parecen de broma, se hubieran logrado de otra forma. El resto de formas de protesta las desconozco, así que no puedo aprobarlas. Política aparte, feliz día del Orguallo!

Peace-for-ever dijo...

Por un lado me parece que tienes razón en eso de que ya está llegando el momento de cambiar las formas, aunque quede mucha lucha por delante, creo que ya hemos demostrado nuestra existencia y que no somos un peligro social, pero por otro lado me jode ese doble rasero en el momento de medir quien puede hacer o no un festejo en plena vía pública, eso segundo me parece que no se debe tolerar.

Un abrazo.

DarR dijo...

Últimamente nos escandalizamos por muchas cosas y nos damos prisa en "condenar" cómo se expresan otros "porque nosotr@s somos muy civilizad@s".
Sí, han hecho falta 42 años desde Stonewall para que nos dejen casarnos como al resto de los contribuyentes y porque nos lo han permitido (porque encima nos lo han tenido que “permitir”), estamos tan content@s y punto...
Uff, la cosa va muy mal. Recuerdo que esa forma de "atarnos" al ser amado sólo es legal en 6 de los 50 estados norteamericanos.
Stonewall también fue considerado un desmán por muchísimo tiempo y han hecho falto casi 4 décadas para que se recordara a aquellas personas (quien las recuerde, habría que preguntar hasta entre los propios miembros del colectivo), que defendieron sus derechos, nuestros derechos, y que durante todo este tiempo han sido considerados locas y energúmenos por la mayoría de sus vecinos y de los que nada sabe la mayor parte del mundo occidental (y no voy a hablar de otros mundos, ni siquiera el de Yupi).
No seamos más pacifistas que Gandhi, ni más papistas que el Papa. Un grupito de desaforad@s ha hecho lo que ha hecho y punto. No es que esté bien, pero peor es lo que hacen Botella, Gallardón, Rajoy y todos los que defienden a un partido que nos tiene recurrido, ante el Tribunal Constitucional, el matrimonio homosexual.
Si sale adelante y nos anulan nuestras uniones, contadme cómo le llamaremos a eso.
A veces ni siquiera una buena hostia consigue ser tan violenta como que te pisoteen los derechos más básicos y te aparten de los actos más comunes que puede realizar un ciudadano.
Pero siempre nos hemos caracterizado por criticarnos entre nosotros mismos y poco más.
A mí tampoco me representan las carrozas del orgullo, pero quien quiera sacar a pasear su pluma está en todo su derecho (a ver si dejamos de prohibir, que ya nos prohíben otros). Los demás nos atragantamos con los palios, las banderas por el día de la familia, el careto de Rouco Varela, el bigote de Aznar, la Cibeles vestida del Real Madrid, etc., etc.,
Dejemos de hacernos pupa entre nosotr@s, que bastante nos llueve sin ayuda. Cuántas veces pienso que además del norte, querida Marvel, también hemos perdido el sur.

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