Islamabad



Hoy, para romper un poco la monotonía de mis artículos y no limitarme a despotricar contra todo, os quiero mostrar una redacción que tuve que hacer para la clase el curso pasado, en la que nos pedían una historia con un trasfondo crítico. La nota fue un 9'5. Disfrutadlo, y ya me diréis qué tal. Es corto y todo va muy rápido, por que tenía límite de extensión.


Me llamo Saïd. Actualmente tengo 32 años y vivo en Londres, a pesar de que soy originario de Islambad, capital de la República Islámica de Pakistán, donde viví hasta los 18 años. No hace falta que diga que la sociedad es muy diferente aquí, en el europeo Reino Unido, que en Pakistán. Si mi historia me hubiese sucedido aquí, quizás hubiese tenido un final más feliz, quien sabe.

Para entender de lo que hablo nos tenemos que remontar a mi niñez. En los países más desarrollados, la niñez de un niño es una de las etapas más divertidas de su vida: viven en buenas casas, van a la escuela, tienen amigos, juegan por la calle... A mí esto no me fue posible. De mis 8 años recuerdo ayudar a mi padre a cultivar el huerto y esconderme en el lugar más cercano que encontrara cada vez que se oía una alarma muy fuerte que me asustaba mucho. No iba a la escuela, y como mis padres no me dejaban salir mucho ni ir muy lejos, no tenía amigos.

Un día, mi padre me comentó que vendrían a casa de visita los vecinos, a presentarme su hija. Yo ya imaginaba lo que pretendían. Querían que me casara con ella. Era una chica de 16 años, que no conocía absolutamente de nada y tampoco me despertó ningún tipo de interés, está claro que yo tenía 8 años en aquél momento y tampoco me fijaba en éstas cosas. Mientras los padres hablaban y hablaban, el hermano pequeño de la chica, Azim, de mi misma edad, y yo salimos a jugar en el patio. No teníamos muchos recursos para jugar así que utilizábamos la imaginación. Con un simple pedrusco éramos capaces de estar a bordo de un barco pirata, o pilotando un avión. El tiempo fue pasando, y Azim y yo nos fuimos haciendo íntimos amigos. Como era el vecino de al lado, quedábamos por la mañana, nos separábamos para comer, pasábamos toda la tarde juntos jugando y por la noche, cuando teníamos que volver a casa, hablábamos a través de las ventanas, puesto que la de mi habitación comunicaba con la suya. Pasábamos mucho tiempos juntos, a veces él venía a ayudarnos a mi padre y a mí con el huerto, y otras veces yo les acompañaba a él y a su padre a vender pescado en el mercado. A medida que pasaban los años, parecía que la represión iba aumentando y cada vez había menos libertades en mi país. La gente empezaba a estar aterrorizada, pero de alguna manera yo no tenía miedo, por que pensaba que Azim siempre estaría a mi lado, y si alguien intentaba hacerme daño, él me protegería y me abrazaría para que no tuviera miedo. Yo no entendía por qué pensaba esto, de hecho lo llegué a soñar alguna vez, pero no le daba demasiada importancia.

Cuando cumplí 16 años, mis padres decidieron que era el momento de casarme con la hermana de Azim. Durante los días en los que se estaba preparando la ceremonia no le vi el pelo, a Azim, cosa que me extrañó mucho. El día del casamiento apareció, obligado por sus padres,y no me dijo nada ni me miró.

Pasaron las semanas, y al final no pude aguantar más y fui a casa de Azim a preguntarle el motivo por el cual se había alejado tanto de mí. Salimos a dar un paseo y cuando llegamos a un callejón donde no había nadie, empezó a hablar. Recuerdo exactamente las palabras que me dijo:

“-Esto no está bien, Saïd, no puede ser que yo no pueda ni mirar a mi hermana por el hecho de haberse casado contigo. Me siento como si me hubieran robado mi tesoro más preciado, y eso no está bien, no tendría que sentir esto, pero no sé lo que me pasa.” Azim temblaba, estaba muy nervioso y no me miraba fijamente a los ojos. Hubo unos instantes de silencio incómodo,y de repente, sin que yo me lo pudiera imaginar, me plantó un inesperado beso en los labios que me dejó totalmente congelado. El tiempo se detuvo en un segundo, no podía mover ninguna parte de mi cuerpo, no sabía cómo reaccionar ni qué decir, no acababa de entender qué era lo que estaba pasando. Cuando pude reaccionar, instintivamente le devolví el beso. Fue dulce, fue bonito, fue sincero. Fue mágico. En un instante, empezamos a oir gritos por todas partes. Alguien nos había visto. La gente se empezó a amontonar y Azim y yo echamos a correr hacia direcciones diferentes. Esta fue la última vez que vi mi mejor amigo, mi primero y único amor. Le pillaron y asesinaron por pecador. Yo conseguí llegar a casa, y apenas volví a salir hasta los 18 años, cuando gasté todo el dinero ahorrado gracias a vender las frutas del huerto familiar en marchar de allí cuanto antes mejor. No podía seguir viviendo en un lugar donde no podía ser yo mismo.

Como ya he dicho antes, actualmente tengo 32 años, vivo en Londres, sigo casado con la hermana del hombre del que llevo 17 años enamorado y está muerto, y estoy destinado a ser, como tantas otras personas de mi cultura, un esclavo de la sociedad.

3 comentarios:

siinpensar dijo...

Genial! Me ha encantado, escribes muy bien!

Besooos

María Jesús dijo...

Bonito relato! Enhorabuena!! Saludos

Flecha Azul dijo...

Corta pero intensa!! ;)...Genial tu relato :)

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