Carta a mis padres



Hace más o menos cuatro años que asumí mi sexualidad, plenamente consciente (o al menos eso pensaba) de lo que ello implicaba, e incluso pareciéndome que los puntos negativos era más que los positivos.

Así pues, siendo consecuente con mi decisión, y como forma de reafirmarme sobre ella, decidí contárselo a mis padres. Yo lo hice a la manera un clásica: Me planté en el salón un domingo por la tarde cuando mis padres estaban viendo una película, y les dije que tenía que hablar con ellos.

Pese a que mis padres nunca han destacado por su intolerancia, si no más bien por lo contrario, la noticia de mi homosexualidad no fue recibida con gran entusiasmo. Con mis tiernos 16 años, con más dudas sobre mi identidad que preguntas tiene un niño de 5 años, interpreté aquella falta de entusiasmo como rechazo, y como perro salvaje acorralado, me revolví, gruñí e incluso mordí.

Ahora, cuatro años más tarde, teniendo más claro quién soy y un poquito más de experiencia en esto de vivir, intento ponerme en su piel. A ver si consigo que vosotros lo entendáis:

Para mis padres, su tierno niño pequeño, el buenazo, un perfecto estudiante hasta aquella época, que apenas salía, y nunca les había dado un disgusto serio, les dijo que era gay.

“Gay, ¿Qué es ser gay?” Mis padres, como la mayoría de gente de su edad, e incluso algunos bastante más jóvenes, ser gay consiste en un conjunto de tópicos del que ya hemos hablado unas cuantas veces, que se asocia ,muy de cerca, con palabras como SIDA, prostitución, droga y promiscuidad.

Viéndolo desde esta perspectiva ¿Es normal que mis padres se asustasen? A mi parecer, sí. ¿Me rechazaron en algún momento? Rotundamente no. Quizás les haga más o menos gracia la idea (incluso a mi en ocasiones tener una sexualidad diferente a la mayoritaria me pesa como una losa a la espalda), pero jamás me he sentido rechazado, y sé que con el paso del tiempo, van asumiéndolo como algo normal, van viendo como su niño, que ahora cuenta ya con casi 20 primaveras, sigue siendo el mismo, con sus defectos (muchos) y sus virtudes (que también hay alguna, aunque esté mal que yo lo diga).

Con lo que me gustaría que os quedaseis es que salvo raras excepciones, no esperéis reacciones de entusiasmo cuando se lo contéis a vuestros padres. Es una noticia dura, y suelen tardar un tiempo en asumir que su hijo/a podrá ser feliz igualmente.

Tampoco quiero ocultaros la parte más fea del asunto: Todos sabemos que hay padres que jamás lo aceptan, e incluso los hay que han retirado a palabra a sus hijos. ¿Son verdaderamente buenos padres? A mi parecer no. Muchas veces no entendemos las decisiones de personas a las que queremos y a las que nos importan, pero a mi parecer, nuestro deber es siempre apoyarles al máximo en ellas (Dado que van a llevarlas a cabo igualmente, creo que lo mejor es que triunfen en ellas ¿No?)

Finalmente y aunque es arto probable que nunca lo lean, y decir estas cosas me cuesta demasiado, quiero dar las gracias y pedir perdón a mis padres. Gracias, por haberme educado como lo habéis hecho, tanto con lo que estoy de acuerdo como con lo que discrepo, pues todo ello forma parte de lo que soy ahora. Y perdón, por los disgustos, por las noches en vela, y por los malos ratos que os he hecho pasar más de una vez.

2 comentarios:

Peace-for-ever dijo...

Creo que esa es la realidad, tanto como te ha costado a ti aceptarte, así o más les puede costar a tus padres por mucho que te quieran. Y es probable que en muchos casos su educación estuviera incluso más cargada de tópicos que la tuya. Al fin y al cabo si deseas que te comprendan intenta tú también comprenderlos.

Un post muy interesante, muchas gracias.

Un abrazo.

Z dijo...

es duro sentir el rechazo en la familia. Pero, en cualquier caso, nunca debemos olvidar que a la familia no se la elige. Elegimos los amigos, las parejas o incluso algún afortunado, la carrera y su profesión futura. Elegimos estilo de vida, ropa, y la comida que tomamos. La familia nos viene impuesta. Si tienes suerte y eres querido, disfrútalo. Si no... siempre queda el consuelo de que no hay razón para sentirse culpable simplemente por amar a tus iguales.

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