Los frentes de lucha



Hace un tiempo se trató en este mismo blog sobre las diferentes vías que las personas "LGTB" tenían como posibilidad de tener hijos: embarazo, sustitución o adopción.
Pero creo que el tema se puede abordar desde muchas más perspectivas y ahora os quiero explicar por qué.

Desde tiempo atrás el ser humano ha necesitado sentirse completo, satisfecho consigo mismo y con su entorno. Y qué difícil ha sido esto cuando hasta en la más ridícula de las comidas familiares se han soltado los típicos comentarios de "¿para cuándo novia?", "mira a Pepito, ¡qué feliz está con su mujer e hijos!". Además de lo que encierran todas esas preguntas (una "heterovisión" del mundo) podemos afirmar que no sólo se queda ahí, sino que las líneas de fuga de esa problemática atraviesan muchos otros ámbitos de la vida y parecen converger en algo más capital.

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No nos es desconocido aquel dicho que afirma: "para tener éxito en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro". Se reduce todo ello a tres concepciones: la ecológica, la de descendencia y la de trascendencia intelectual (o la de creación de algo "original").
Harvey Milk, en una película que os recomiendo, respondía lo siguiente a una persona que hablaba de la imposibilidad de tener hijos de los gays: "no [podemos], pero Dios sabe que lo intentamos".

Muchas personas, a lo largo de los últimos siglos, en medio de un mundo tan religioso como persecutorio, se han visto en la obligación de tener descendencia puesto que a eso mismo les animaban las instituciones y, por extensión, sus familias y todo su entorno. Esto creó una fuerte presión a aquellos que no se sentían preparados o que directamente no podían (por problemas de esterilidad, etc). Pero a alguien había que dejar la herencia, ¿no?.

Surge aquí la figura del padrino, que se asienta como aquel sucedáneo de padre que en muchas ocasiones hace más de padre que el propio biológico. Así, se ha considerado el éxito social siempre y cuando una persona lo acompañe de una incipiente progenie multiplicada generación tras generación con hijos, nietos...

Pero creo que ya es hora de acabar con esta concepción. Lejos de proponer a un hijo como nuestra obra, deberíamos de figurárnoslo como aquello a lo que hemos dado vida pero que a partir de cierto momento se va a separar e independizar de nosotros. Por ello considero un error (siempre visto desde esta perspectiva) lo que muchos consideran una necesidad: tener hijos.

Me explico:

El éxito de los progenitores nunca se puede subsumir de el de los mismos hijos, es aquí cuando nos comenzamos a encontrar y a enfrentar con realidades en las que los padres tratan de inculcar a sus hijos todas sus frustraciones, de que estudien lo que ellos no han podido estudiar o de que hagan determinadas cosas y disfruten de experiencias que ellos no tuvieron oportunidad de vivir.

Aquellos que afirman: "mi hijo es mi mayor obra" o "qué relación tan bonita tengo con mi mujer" tienen motivos para enorgullecerse, pero no para tomarlas como única explicación de su éxito. Por lo pronto, a nadie el hecho de tener descendencia le ha supuesto una culminación total y esencial de su vida.

Podemos sustraer de esto que tampoco el querer tener pareja por encima de todo, para superar la melancolía y el esplín, es una verdadera solución. No habrá un gay ahora ni un gay dentro de 5 años que no dirija todas sus inseguridades e insatisfacciones a este hecho (entre otros).

Trato de que este post sirva como punto de inicio optimista a todos aquellos miembros del "colectivo LGTB" que por hache o por be no hay conseguido o querido cumplir este tipo de obligaciones culturales.

El sentido de la vida siempre se ha encontrado en uno mismo, no en los demás, y es ahí donde nosotros deberíamos de trabajar con más ahínco.

En resumen: veo el sentido de tener hijos más como proyección y convención social que como una necesidad inevitable de tener descendencia y procrear. El ser humano ha llegado a no necesitar procrear para seguir viviendo, no necesitamos hijos que trabajen por nosotros ni que mantengan nuestros campos cuando nosotros lleguemos a sufrir la gota.

Y de aquí que un homosexual no necesariamente tenga que sufrir por la ausencia de hijos propios puesto que lo verdaderamente difícil es llegar a la "felicidad" tan sólo por esos hijos. Aunque, sin duda, el hecho de no poder alcanzar algo que deseamos, nos hace quererlo con más fuerza si cabe y es esto lo que debemos diferenciar.

Creo que la desgracia del homosexual contemporáneo se puede poner al mismo nivel que el de la mujer hasta mediados del siglo XX, aún no hemos sido capaces de crear nuestras propias rutinas y todavía somos "carne" de investigación sociológica y estudio psicológico. Será, cuando se termine de vernos como una excepción, el momento en que podremos mirarnos todos a la cara y pensar seriamente en nosotros como personas, y no solamente como sujetos con derecho a procrear y tener una gran familia, sujetos con el objetivo único de llegar a tener las mismas posibilidades que los heteros.

Si podemos circular por las dos vías, bienvenido sea, pero si uno es incapaz de estar en esos dos "frentes de lucha" actual del mundo LGTB, puede dedicarse a sí mismo y, como diría el filósofo J.P Sartre: "ejercer plenamente nuestra libertad: construyéndonos a nosotros mismos a cada instante".

1 comentarios:

Peace-for-ever dijo...

Estoy de acuerdo contigo, los hijos son lo que son por si mismos y no son obra mía, aunque puede que haya contribuido bastante a que sean como son. Hay una época en la vida en que los hijos necesitan de los padres y los padres tienen la responsabilidad de ocuparse de ellos y de su educación, pero una vez están formados, son como los pájaros que hay un momento que vuelan por su cuenta.

Por otro lado no veo porqué una persona sin hijos no puede ser tan completa y feliz como la que los tiene, aunque digan que a quien dios no le da hijos el diablo le da sobrinos...

Me parece muy interesante tu reflexión aunque estoy seguro que hay mucho que matizar en lo que aseguras. Muchas gracias por compartirla con nosotros.

Un abrazo.

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