Vivir y convivir



Creo que Aristóteles defendía que estamos dotados de lenguaje para vivir en sociedad, personalmente me parece que la cosa fue al revés, que nuestra naturaleza social fue la que nos impulsó a desarrollar el lenguaje. Sobre esta naturaleza social hay diferentes puntos de vista desde el del "salvaje bueno" de Rousseau a las escuelas sostienen que la “reciprocidad” es el fundamento de la sociabilidad. Lévy-Bruhl dice que es poco probable que los primitivos hayan poseído representación de su individualidad, siendo lo colectivo lo verdaderamente natural. De hecho nuestros orígenes fueron tribales, pertenecíamos a una tribu. En la sociedad moderna el concepto de tribu, que inicialmente, para un bebé, se reduce a la familia poco a poco se va ampliando, a los vecinos, los compañeros de clase, la escuela, el barrio, a uno o diversos clubs, la ciudad, el país, etc.

La mayoría de los adolescente tan solo ha vivido en la casa de sus padres, aunque suelen haber hecho sus amistades los centros docentes donde han estudiado, normalmente de su barrio, y también entre sus vecinos y los compañeros del club o los clubs o centros de recreo en los que se haya movido. En general, esos chicos solo han vivido con sus padres y sus hermanos, y dan por hecho hábitos y costumbres que en realidad solo se dan en su casa. En algún caso, sobretodo en la infancia, incluso los malos tratos pueden haber acabado siendo aceptados como algo normal o habitual, generandoles cierto sentimiento de culpa.

Tengo la convicción de que las relaciones personales se producen siempre entre dos, que nadie se relaciona con un grupo, en todo caso se pertenece o no a ese grupo, pero nos relacionamos con sus miembros o con una parte de ellos y nos sentimos o no integrados en el grupo en función de nuestras relaciones con sus miembros, con cada uno de ellos, no con todos a la vez. Y en realidad en función de que nos sintamos aceptados por esas personas, de una en una. Formamos así una red de relaciones y de aceptaciones en el grupo que nos hace sentir que formamos parte, o no, de él.

La mayoría de los padres decimos que amamos a nuestros hijos por igual, y en cambio sabemos que son distintos, que no tenemos dos hijos que sean iguales, y nuestras relaciones personales con ellos son también matizadamente diferentes... Pero nuestra solidaridad, apoyo, soporte, cariño. etc. por cada uno de ellos es siempre el màximo, sabemos que haríamos por ellos, por cada uno de ellos, lo que no haríamos por nadie más, es decir, nos entregamos del todo a ellos. La casa de nuestros padres es nuestra aunque a veces parezca que no es así. Ahí nos hemos adaptado y hemos sido aceptados sin que seamos conscientes de ello. Al formar una nueva casa hay que empezar de nuevo.

Por mucho que nos amemos, convivir, irse a vivir juntos, no es fácil. Aguantar a una persona cada día, a todas horas, especialmente en esas horas que pertenecen a nuestra intimidad, no tiene nada que ver con estar un ratito con ella. Son cosas muy distintas. Es diferente compartir un viaje, unas vacaciones o un fin de semana que tener a alguien siempre en casa, aguantarle los ronquidos y los pedos, las enfermedades y los malos humores...

No basta con tener una buena relación, se debe compartir también el concepto de limpieza, de orden, de suministros, ya sean alimentación, productos de limpieza, farmacia, etc. Y hay que poner la lavadora, tender la ropa, plancharla, plegarla, guardarla, cocinar, lavar los platos, mantener la cocina y los baños limpios, etc. Para el adolescente en general eso no es un problema, se ocupan de ello sus padres, pero cuando uno se va de su casa y quiere compartir su vivienda con otra u otras personas todo eso pesa, y mucho, a veces más que la amistad, llegando en algunos casos incluso al extremo de pesar más que el amor.

Los primeros tres meses suelen ser los más duros, es cuando se produce una especie de lucha sorda por el poder. En esos casos resulta fácil cometer el error de invadir la intimidad de los demás, de no respetar ese terreno personal que todos necesitamos tener, y a veces lo hacemos sin darnos ni cuenta, pero para mí es más peligrosa, si cabe, la tentación de reeducar a los demás, el intentar que se comporten como nos gustaría. Puede que se nos escape que ya somos adultos, con necesidades de intimidad y con unos hábitos difíciles de cambiar. No debemos olvidar que nos acostumbramos con facilidad a lo que nos gusta, que lo transformamos en algo natural y acabamos olvidándolo o valorándolo poco. En cambio lo que no nos gusta nos fastidia cada día más y acaba por resultarnos odioso, como una gota malaya... Y por esa simple razón, por ese conjunto de cosas que nos fastidian, podemos acabar cansándonos de la gente con la que convivimos por mucho que nos amemos.

Mientras escribía este texto pensaba en esa idea de Rousseau de que el hombre es bueno, la sociedad lo corrompe (nuestra sociedad codiciosa) y esa gente buena, cargada de defectos, es con la que deberemos convivir.

Un abrazo.

3 comentarios:

DentHarvey dijo...

Un texto precioso. Una pena que este país en el que vivamos, sea, en el fondo, tan poco propicio a hacerlo realidad.

saludos.

Peace-for-ever dijo...

DentHarvey: Puede que tengas razón, me parece que en este país la gente no suele independizarse hasta que forma una nueva familia...

Concebí este texto pensando precisamente el la poca experiencia que solemos tener en esas lides.

Muchas gracias por pasar y muy especialmente por el comentario.

Un abrazo

Flecha Azul dijo...

Muy interesenate tu post ;)
...me has hecho recordar que:

No es lo mismo salir con alguien que convivir con él.

No es lo mismo estar en un lugar de vacaciones que todo el año.

No es lo mismo estudiar una profesión que ejercer esa profesión


Nos ilusionamos con un ideal que imaginamos y nos decepciona chocarnos con las imperfecciones de la realidad que encontramos.

Muchas gracias por tu reflexión :)

Un abrazo!!

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